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Ruta por los pueblos blancos de Cadiz en Autocaravana

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RUTA POR LA SIERRA DE CÁDIZ  EN AUTOCARAVANA

Ríos, campos, cortijos y riscos inaccesibles por donde aún corre la memoria del contrabandista y del bandolero. Ecos árabes y moriscos. Ruinas romanas. Sendas y parajes donde abrazar la naturaleza sin intermediarios. Y Pueblos, pueblos de insólita belleza, con sus casas encaladas y engalanadas de flores, sus calles escarpadas, sus coquetas plazoletas… Jerez de la Frontera es el arranque y el prólogo de un viaje en autocaravana por la serranía de Cádiz, con Ronda, ya en la provincia de Málaga, como epílogo.

Sierra de Cádiz

¡Cádiz! Escribe nuestro admirado Torrichelli en uno de los artículos viajeros de surf que suele publicar Single Quiver en su blog, recordando Yerbabuena y su inolvidable playa salvaje:

“Cádiz es la acuarela de unos atardeceres que deberían ser declarados Patrimonio de la Humanidad; una ruta para perderse entre calas y bosques; un muestrario de playas infinitas; una sierra salpicada de pueblos blancos; un domingo de carnaval; el comercio de América y el liberalismo de las Cortes de 1810; la cuna del flamenco y del vino de  jerez; la Caleta y el recuerdo del Malecón de La Habana sin viajar a Cuba; ruinas romanas con vistas a Tánger; la desembocadura del Guadalquivir; la puerta de entrada al Parque Natural de Doñana…”

Una sierra, sí. Cádiz también es una sierra. Una sierra abrupta y escarpada, bañada por caudalosos ríos y afluentes que regalan a sus huertas los frutos de generaciones de paciencia y dedicación. Una sierra particularmente afortunada en lo que se refiere a la conservación de su arquitectura popular, caracterizada por la blancura de su estampa, visible desde varios kilómetros en la lejanía. Si en Andalucía todos los pueblos son blancos, aquí lo son mucho más, ya que la cal milenaria ha terminado por convertir el muro de las casas en un amasijo de nieve perpetua. 

Setenil de las Bodegas

La ruta empieza en Jerez, que da para un día completo de visita, y termina  al borde del Tajo de Ronda, ese hachazo abismal que reta la imaginación de todo viajero. Por el camino, Arcos de la Frontera, Grazalema, Zahara de la Sierra, Olvera y Setenil de las Bodegas. Pueblos que desprenden por todos los poros su pasado árabe, casi siempre a la sombra de un castillo, porque en otro tiempo fueron la frontera que separó dos mundos, dos culturas en la necesidad de coexistir y batallar durante siglos. 

JEREZ DE LA FRONTERA

“Señorita y proletaria, beata y cantaora, más que hermosa, agraciada, de inamovibles privilegios para pocos y llanos horizontes para muchos, perfumada a todas horas por el aroma centenario de sus bodegas”. Así describe Fernando García de Cortázar la ciudad de Jerez de la Frontera en su impagable Viaje al corazón de España.

Y es verdad. Jerez, ciudad de los vinos y también de los caballos, parece uno de esos lugares creados para el soslayo y el paseo: uno de esos lugares que conviene conocer sin prisas.

Jerez de la Frontera Fotografía: National Geographic

Qué ver en Jerez de la Frontera

Sí, no está en nuestro ánimo señalar ninguna ruta precisa para conocer Jerez. La ciudad pide agotar todos los paseos, dejar a un lado guías y recomendaciones.  Así que nuestro consejo es que vayas descubriendo a tu aire el cuerpo y el alma de Jerez mientras la caminas.

Ahora bien, antes de irte, asegúrate bien de haber visto lo que sólo se puede ver y disfrutar en Jerez:

Las bodegas de Jerez, esa sucesión de muros y fachadas de blanquísima  y simétrica factura que enlazan, sin mayores paréntesis, el casco antiguo y los ensanches modernos de la ciudad. Conviene visitar alguna de ellas, eligiendo al azar cualquiera de las más famosas, o no tan famosas.

Bodegas de Jerez de la Frontera

El Palacio Domecq, en el entorno de la Alameda Cristina, es otra visita obligada. Jerez es, en términos generales, una ciudad barroca y este palacio levantado en el siglo XVIII constituye, sin duda, el mejor ejemplo.

Por las calles Larga y Lancería se llega a la plaza del Arenal. Y enseguida a la iglesia de San Miguel, el más bello templo de Jerez. Allí hay un retablo mayor de los que no se olvidan, obra excelente de Martínez Montañés y José de Arce.

Palacio Domecq de Jerez Fotografías: palaciodomecq.com

No lejos de la iglesia de San Miguel se encuentra el viejo Alcázar de Jerez, construido a  finales del siglo XII. El paso del tiempo ha carcomido la altivez de la fortaleza árabe, pero aún se conservan en buen estado no pocas de sus magníficas dependencias.

Otro hito de Jerez es la Escuela Andaluza de Arte Ecuestre, con sede en el bello Recreo de Las Cadenas, obra exquisita de Charles Garnier, el mismo arquitecto de la Opera de París.

Y por último, la hermosa Cartuja de Santa María, a las mismas puertas de Jerez, cuya sola estampa exige un alto en el camino. 

ARCOS DE LA FRONTERA

Escribe Azorín:

“Imaginad una meseta plana, angosta, larga, que sube, que baja, que ondula, de una montaña. Poned sobre ella casitas blancas y vetustos caserones. Haced que uno y otro flanco del monte se hallen rectamente cortados a pico, como un murallón eminente . Colocad al pie de esa muralla un río callado, lento, que lame la piedra amarillenta y que se aleja por la campiña adelante en pronunciados serpenteos… Y cuando hayáis imaginado todo esto, entonces tendréis una pálida imagen de lo que es Arcos”.

Antiguo campo de batalla para musulmanes y cristianos, Arcos de la Frontera – en palabras de Azorín, el pueblo más  hermoso de Andalucía –  queda a sólo 30 kilómetros de Jerez. Y en efecto, es un borbollón incesante de casas blancas, una maravillosa fragua de belleza tendida  a todo lo largo de un promontorio rocoso que trepa hasta el castillo árabe y la iglesia de Santa María y se descuelga hasta los labrantíos del valle. 

Arcos de la Frontera

Qué ver en Arcos de la Frontera

Calles curvas y en cuesta. Plazas y plazuelas. Casas que se apoyan las unas en las otras.  Iglesias y conventos, con pinturas y retablos excelentes. Casonas señoriales con sus pórticos blasonados y sus patios penumbrosos. Y vigilándolo todo, un castillo de origen árabe, reconstruido en el siglo XV.

Hay que asomarse al mirador de la plaza del Ayuntamiento. Allí te espera una panorámica que ronda la maravilla. Allí se alza también la iglesia de Santa María, de estilo gótico. Hay que entrar, pues el coro y el retablo mayor bien merecen una visita. Y después, hay que pasear y pasear hasta caer agotado. Y no volver a la carretera sin pasar antes por la iglesia de San Pedro, de gallarda estructura y con un retablo y pinturas.

Iglesia de Santa María

GRAZALEMA

Grazalema es otro prodigio de delicadeza arquitectónica y de armonía urbanística. Famoso por ser el lugar más lluvioso de España y porque en sus aledaños crece una rara conífera (el pinsapo), el pueblo se apiña en un barranco amurallado por un inmenso cerco rocoso. Una especie de Coliseo con casitas blancas en la arena en lugar de gladiadores.

Grazalema

Qué ver en Arcos de Grazalema

De Grazalema arranca un pequeña y evocadora calzada romana. Pero, sin duda, lo más memorable de nuestra visita a este encantador pueblo de casas blancas fue el paisaje, hecho de verdes relucientes y ocres rezumantes. Como podéis imaginar, las posibilidades para hacer senderismo desde Grazalema, que presta su nombre al Parque Natural donde ésta varada, son casi infinitas. 

Parque Nacional Sierra de Grazalema

ZAHARA DE LA SIERRA

De Grazalema arranca una carretera que lleva a Zahara de la Sierra, otro encantador pueblo de casas blancas al amparo de un castillo roquero. El castillo fue famosa fortaleza musulmana, que no cayó en poder de los cristianos hasta poco antes de la rendición de Granada. Pero Olvera maravilla, sobre todo,  por su cuidada arquitectura popular y por los bellos bosques de su entorno.

Zahara de la Sierra y la fortaleza musulmana

OLVERA

Olvera queda a 20 kilómetros. En la Edad Media este pueblo debió su fama a su condición de refugio para homicidas, a quienes se les perdonaba el delito de sangre si permanecían un año combatiendo al moro fronterizo. Hoy el olivo ha sustituido a la espada, y de las viejas guerras de frontera solo queda el recuerdo, evocado por la fuerte estampa del castillo.

Olvera

Qué ver en Olvera

Olvera se encarama a un risco que señorean sus dos hitos patrimoniales: el castillo y la iglesia de Nuestra señora de la Encarnación. Monumentos a los que hay que subir por sus calles blancas, estrechas, empinadas y cuajadas de flores.

El castillo y la iglesia de Nuestra señora de la Encarnación

SETENIL DE LAS BODEGAS

Muy cerca de Olvera, a menos de quince kilómetros, encontramos Setenil de las Bodegas. Y aquí todo lo que se diga resulta insuficiente. Setenil es un lugar alucinante, uno de los pueblos más asombrosos de toda la geografía española. Algo así como el laberinto donde el Minotauro de Borges aguardaba la llegada de Perseo. Un pueblo mágico, al margen de las leyes de la gravedad y de la cordura.

Setenil de las Bodegas

El río Guadalporcún dibuja un hondo meandro en torno a un peñón rocoso. En la cúspide de ese peñón se yerguen los vestigios del castillo árabe y  una iglesia que aprovechó un torreón de la vieja fortaleza para asentar sobre él su campanario. La iglesia recuerda un águila amparando a sus crías: las casas, que se derraman, blanquísimas, en profunda pendiente hasta la hoz del río.

Y ahí reside la fascinante singularidad de Setenil. Muchas casas están excavadas en la roca y se hacinan con las que no lo están siguiendo una alocada planificación. Hay calles como túneles. Hay azoteas que comunican con sótanos. Y hay miradores donde sentarse al caer la tarde junto al paseo fluvial.

Qué ver en Setenil de las Bodegas

El origen medieval de Setenil salta a la vista a poco que se pasea por sus excéntricas calles. Hay que caminar  por ellas con calma. Y por supuesto, hay que subir hasta los restos de  la fortaleza medieval. Las vistas desde la Torre del Homenaje son memorables.  

Y ya que hablamos de vistas, cerca de Setenil se encuentra el pueblo del Gastor, conocido como el balcón de los Pueblos Blancos. Y muy cerca, otra sorpresa: el dolmen llamado la Sepultura del Gigante.

Dolme tumba del gigante

RONDA

Y llegamos a Ronda, romana y árabe, renacentista y barroca, neoclásica y romántica. Un lugar único, colgado, sin vértigo, sobre una meseta rocosa cortada por una profunda garganta  (el Tajo) en cuya hondonada espejea el Guadiaro. Una ciudad para Merimée, para Gustavo Doré, que crece con naturalidad de una cumbre, que vuela sobre su propio paisaje.

Ronda es la perla de la serranía que lleva su propio nombre; es la ciudad de los toreros goyescos, de los contrabandistas y bandoleros del siglo XIX; es la ciudad soñada del poeta Rilke y del cineasta Orson Welles. El primero escribió: “He buscado por todas partes la ciudad soñada y al fin la he encontrado en Ronda”. El segundo duerme el sueño eterno en la finca del torero Antonio Ordóñez, donde fueron depositadas sus cenizas. 

Ronda

Qué ver en Ronda

Lo primero que hay que hacer en Ronda es acercarse al Tajo. Dice Caballero Bonald que asomarse a esta garganta de doscientos metros de profundidad que salva el bellísimo Puente Nuevo (1793) es una experiencia geológica inolvidable. Es verdad.

A un lado del Tajo se encuentra la vieja Ronda. Hay que acercarse a la neoclásica plaza de toros y después cruzar el Puente Nuevo y callejear por la Ciudad Vieja. Cada paso, cada giro de cabeza, es un descubrimiento, una dosis de belleza. Nobles mansiones, casas moriscas, iglesias barrocas… Ronda da para un día y más.

Un último consejo. Aguardar el atardecer desde el mirador del Paseo de Blas Infante. El paisaje rondeño, visto desde ese punto, tiene algo de sagrado. Al caer la tarde, como escribiera el poeta Ángel González,  el extenso campo se distiende y se aleja hasta tropezar con el confín de la serranía. “La sombra lo va borrando todo y únicamente quedan, nítidos, en el lejanísimo horizonte, el perfil de tres cordilleras sucesivas, la primera verde, la segunda gris, la tercera humo. Y detrás, sólo luz sin color, el cielo.

Mirador del Paseo de Blas Infante Fotografía: Martin Rüedi

Y si Ronda no ha colmado tu apetito cultural, a unos 20 kilómetros y a casi mil metros de altitud, quedan las ruinas romanas de Acinipo, con los evocadores restos de su  teatro. Imposible no acordarse de los versos de Rodrigo Caro:

Casas, jardines, césares murieron,

y aun las piedras que de ellos se escribieron.

Ruinas romanas de Acinipo

DONDE DORMIR EN NUESTRA RUTA POR LOS PUEBLOS BLANCOS DE CÁDIZ

Arcos de la Frontera cuenta  con un parking a la entrada de la población.  A unos 800 m. del centro de la ciudad. En un radio de unos 200 m. hay varios servicios de hostelería y compras. A unos 500 m, centro comercial y gasolinera.

En Grazalema hay una zona de aparcamientos tranquila y gratuita con bellas vistas. Está a cinco escasos minutos andando de la plaza del pueblo.

En Olvera hay una zona de aparcamientos gratuita al lado del cementerio. Muy cerca del centro.

Ronda tiene un área de autocaravanas. Precio 10 euros el día, servicios incluidos.

DONDE COMER EN LOS PUEBLOS BLANCOS DE CÁDIZ

Los Pueblos Blancos ofrecen la oportunidad de degustar la gastronomía de la serranía de Cádiz. Platos típicos como el guiso de conejo, el refrito de cabrero, el salmorejo, la trucha, el rabo de toro… Mención especial merecen también los quesos payoyos de Grazalema.

Queso payoyos de Grazalema

En cuanto a nuestra ruta, aquí van las recomendaciones:

En Jerez es típico el arroz con langostinos o la cola de toro. En Arcos de la Frontera, el conejo en salsa de almendras o la perdiz estofada. En Zahara de la Sierra y en Grazalema el cocido con tagarninas o las sopas hervías.  Y en Ronda, el rabo de toro y las migas rondeñas

Arroz con langostinos