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Gipuzkoa en Autocaravana

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DE GETARIA A HONDARRIBIA EN AUTOCARAVANA, UN VIAJE POR LA COSTA DE GUIPUZCOA

Dicen que la costa de Guipúzcoa  tiene clase. Y es verdad. Aquí están Zarautz y San Sebastián, ciudades que aún evocan el recuerdo de aquellos viejos veraneos de la belle époque. Pero también hay pequeños pueblos de pescadores como Getaria, donde nació Juan Sebastián Elcano, el primer navegante que dio la vuelta al mundo, y puertos de juguete como el de Pasajes de San Juan, encantador enclave marinero del que se enamoró Victor Hugo. Y mirando a Francia, Hondarribia, donde cada esquina recuerda una historia de la gran historia.

POR GUILLERMO GATSBY

Mar cantábrico en estado puro. Acantilados de película y villas con agudo olor a sal y pescado, curtidas por el oficio de la pesca, de cabotaje y de altura. No en vano ésta es la parte de la costa vasca en que se inspiró Pío Baroja para crear Lúzaro, aquel pueblo desde el que Shanti Andía escribía sus aventuras. ¿Os acordáis? ¿Os acordáis del viejo personaje de Baroja y su nostalgia por el mar de antaño?:

“Para nosotros los marinos de altura – escribe Shanti Andía – el mar es principalmente una ruta, es casi exclusivamente un camino. ¡Pero qué camino! Yo no olvidaré nunca la primera vez que atravesé el Océano. Todavía el barco de vela dominaba el mundo. ¡Qué época aquella! Yo no digo que el mar fuera entonces mejor, no; pero sí más poético, más misterioso, más desconocido…”

Puerto viejo de San Sebastián – Fotografía: San Sebastian Tourism

Vías sinuosas, montes, valles, mucho mar y ninguna prisa por llegar. Sí, la ruta que os proponemos es perfecta para una escapada en autocaravana.  Ruta por lugares curtidos en el oficio de la pesca, que siguen deleitando al viajero con su pintoresco paisaje de barcos multicolores, y por lugares entregados a la Dolce Vita del descanso estival. Ruta también de iglesias y ermitas, que hoy en día son espacios de culto y espectaculares miradores, pero que en el pasado sirvieron de atalayas defensivas. Ruta por acantilados que muestran, a plena vista, la historia geológica de la Tierra. Y playas, innumerables playas, de fina y dorada arena. 

Ruta que, en cierto modo, nos lleva a todas y cada una de las poblaciones costeras que sirvieron a Baroja  como modelo para Lúzaro: Mutriku, Deba, Zumaia, Getaria, Zarautz, San Sebastián, Pasajes y Hondarribia.

¿Preparados? Empezamos. 

Atardecer sobre el flysch en la playa de Itzurun (Zumaia)

MOTRICO (MUTRIKU)

Mutriku es la cuna del marino Cosme Damián Churruca, héroe de la batalla de Trafalgar. Su casa natal sigue en pie, en una de las calles que sale de la Plaza Mayor. Muy cerca  encontramos los palacios de Zabiel, de Montalivet, de Galdona y de Olazarra. Y puesto que hemos empezado hablando de palacios, es inevitable mencionar la casa torre de Berriatua, de estilo gótico.

Pero más allá de cualquier descripción puntual, la mejor recomendación para disfrutar esta bella villa marinera es pasearla tranquilamente, con lluvia o sin lluvia, desde la parte alta, salpicada de viejas mansiones señoriales, hasta el puerto.

Casa torre de Berriatua – Fotografía: El Diario Vasco

DEVA (DEBA)

Unos 17 kilómetros separan Mutriku de Deba. Y aquí otro casco histórico lleno de encanto, con una iglesia gótica que bien merece una visita. Aunque el recuerdo imborrable  pertenece al paisaje. Las hermosas  playas  de Santiago y Lapari. El flysch negro, colofón espectacular de un paseo que discurre paralelo a los arenales. La deliciosa visión de la pequeña cala salvaje de Sakoneta cuando baja la marea. La panorámica de la costa que ofrece el balcón del barrio de Elorriaga. Y el idílico valle de Lastur, un rincón rural perfecto para practicar  senderismo.  

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Valler de Lastur – Fotografía: Gipuzkoa Turismoa

RUTA DEL FLYSCH

A veces  la naturaleza transforma el paisaje en arte. Otras veces lo convierte en un libro de historia. En los 16 kilómetros de acantilados que van desde Deba a Zumaia la naturaleza ha llevado a cabo las dos cosas. Se trata de el Flysch, una especie de milhojas en el que se intercalan capas duras y blandas formadas por sedimentos y fósiles marinos depositados en el fondo del mar. Son las bellísimas páginas de una enciclopedia que nos permite leer 60 millones de años de la historia geológica de la Tierra.

La ruta se puede  hacer de dos maneras: bien caminando por senderos que bordean los acantilados o bien en barco. Cualquiera de las dos opciones vale la pena. De hecho, uno no advierte el verdadero hechizo de la costa guipuzcoana hasta que no contempla este mágico  paraje acantilado.

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Flysch de Sakoneta – Fotografía: Gipuzkoa Turismoa

ZUMAYA (ZUMAIA)

Varada junto a la desembocadura del Urola,  Zumaia fue antaño una villa floreciente por sus astilleros, pero hoy es más conocida por la belleza de su entorno. Y es que su playa de Itzurun es una parte estelar de uno de los tramos más espectaculares del litoral vasco. Célebre universalmente por su aparición en Juego de Tronos. Mágica, porque en ella alcanza su máxima expresión el Flysch.

Hay que pasear por la playa de Itzurun, por supuesto. Y después subir hasta la ermita de San Telmo, escorada en los acantilados. Desde allí, con el viento del Cantábrico en la cara, la panorámica del Flysch es indescriptible. 

Pero Zumaia es más que un paisaje. Su casco histórico, guardián de hitos medievales como la iglesia gótica de San Pedro,  invita a perderse por sus calles estrechas y empinadas. 

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Ermita de San Telmo

Finalmente, una visita a esta evocadora villa marinera no sería completa sin acudir al Museo de Zuloaga, guardián de una colección que resume muy bien la obra del gran pintor vasco.

Dice Muñoz Molina que Zuloaga es un pintor de una carrera muy larga y una obra muy copiosa en la que hay cimas y caídas, pero que rara vez deja de ejercer un impacto tajante cuando nos encontramos con él. Estoy de acuerdo, y más aún después de ver los cuadros que hay en Zumaia. El museo custodia, además, las obras ajenas y los caprichos que el pintor del 98 coleccionó en vida: Goya, Zurbarán, Rodin… Y en medio de todo este festín de formas y colores, una espada nazarí del siglo XV, que pasa por ser la del rey Boabdil de Granada. 

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Museo Ignacio Zuloaga

GUETARIA (GETARIA)

Hay lugares cuya belleza depende de la estación que los ocupe. Algunos son inconcebibles sin sol y otros resultan insulsos sin nieve. Pero también existen lugares que son ajenos a esa condición y conservan siempre su encanto. Getaria es uno de ellos.

Las últimas curvas de la carretera que llega de Zumaia (GI-634) nos permiten asomarnos ya a una de las visiones más deliciosas de esta ruta: el Ratón de Getaria, ese monte suave y verde con forma de roedor tumbado, a cuya sombra se extiende la vieja población  ballenera que guarda impreso en su bandera el recuerdo del colosal mamífero marino.

Ratón de Getaria

La seña de identidad de Getaria es ese promontorio de postal, coronado por un faro que enciende su luz cada noche y barre el horizonte marino para guiar a los navegantes. Pero también las estrechas callejuelas de la villa medieval, la hermosísima iglesia  gótica de san Salvador, el puerto donde los barcos descargan sus cajas de pescado y el cementerio, también encima del pueblo, mirando al mar y al amplio y solemne horizonte.

Dice García de Cortázar que ningún viajero que visite este pueblo guipuzcoano permanecerá ajeno a la memoria de su hijo más ilustre, Juan Sebastián Elcano, el primer navegante que dio la vuelta al mundo. Es verdad. Su aventura está muy bien recordada en el soberbio monumento que vigila el puerto, inspirado en la Victoria de Samotracia y levantado sobre un antiguo baluarte de la muralla.

Otro lugar imprescindible de Getaria es el museo dedicado a Cristóbal Valenciaga, junto al palacio Aldamar, antigua residencia de los marqueses de Casa Torre, donde un jovencísimo Balenciaga se inicio en la costura. Merece la pena. 

Monumento de Juan Sebastián Elcano, sobre un antiguo baluarte de la muralla

ZARAUTZ

Antes que los surfistas, de Zarautz se enamoraron la reina Isabel II, que aquí, en el Palacio de Narros, pasó muchos veranos, y el pintor valenciano Joaquín Sorolla, que estuvo con su familia en el verano de 1919. Sorolla plantó su caballete contra el viento de la playa como un fotógrafo plantaría el trípode de su cámara y pintó varios cuadros con los ojos muy abiertos y los pinceles alerta al mar y al momento en que la luz transforma  el paisaje de un momento a otro.  Bajo el toldo es uno de esos cuadros. En él, Sorolla retrató a su mujer y a su hija vestidas de blanco y tal vez, sin pretenderlo, nos regaló una prodigiosa instantánea de aquellos viejos veraneos de la Europa de entreguerras que a mí siempre me recuerdan los versos del poeta Gabriel Celaya, donostiarra sin patria y vasco de todo el mundo:

Hoy podremos bañarnos y seremos felices

confundidos con la mar y con los dioses

Ya entonces los toldos de rayas azules y blancas eran símbolo de la playa de Zarautz. Y ahí siguen, alineados en el espléndido arenal de 2500 metros de extensión, dando color al verano, aunque su atractivo puede disfrutarse también en otoño, invierno y primavera, y con menos gente en el paseo marítimo.

Playa de Zarautz con sus toldos a rayas

Pero Zarautz no empieza y termina en el mar. De la villa playera al centro histórico hay un salto. Allí destacan la torre Luzea, levantada en el siglo XV en estilo gótico; los conventos de los franciscanos y de los carmelitas; y la iglesia de Santa María la Real. Y en las entrañas de este templo barroco y de la contigua torre del reloj, varios tesoros: una necrópolis medieval y restos arqueológicos que testimonian cinco largos siglos de ocupación romana. Vale la pena visitar este insospechado yacimiento  arqueológico, con suelos de cristal que te permiten caminar como un espíritu indiscreto sobre los hogares, tumbas y calaveras de un Zarautz desconocido.

Restos arqueológicos de la iglesia de Santa María la Real

Y claro, no puede olvidarse que estamos en uno de los centros gastronómicos del País Vasco, con esa mezcla de tascas y restaurantes de alcurnia que hace de esta villa un lugar único para disfrutar del buen comer. 

Un buen plan para bajar la comida es pasear por el  Biotopo Protegido de Iñurritza, a tan sólo unos cientos de metros del casco urbano: un espacio fascinante de dunas móviles y fijas abiertas al mar entre la desembocadura del pequeño arroyo que le da nombre y los acantilados rocosos del puntal de Mollarri. Una pasarela permite acceder a este bello paraje marino y contemplar la flora y fauna del lugar sin poner en riesgo su delicado ecosistema.

Biotopo Protegido de de Iñurritza – Fotografía: Lurrak

Y para terminar, la ermita de Santa Bárbara, a la que se llega por la senda que lleva a Getaria. Construida en el siglo XVIII  gracias a las limosnas, hasta ella llevaban los pescadores de antaño partes de las   ballenas capturadas como ofrenda. Hoy, cuando la industria ballenera no es más que un lejano recuerdo, tan lejano como las aventuras que poblaban la memoria del barojiano  Shanti Andía, la ermita se alza como un extraordinario mirador a la playa y a la villa de Zarautz.

Ermita de Santa Bárbara y su entorno

SAN SEBASTIÁN (DONOSTIA)

¡San Sebastián!, palabras mayores. Decía Paul Morand que las ciudades pueden clasificarse en dos clases: las que te retienen el tiempo suficiente para ver sus monumentos y conocer su historia, y las que te cautivan para siempre. San Sebastián pertenece a estas últimas. Es la primera pata del turismo en el País Vasco y un referente de los veraneos elegantes de la belle époque en España, pero sobre todo es una ciudad que contiene un paisaje: el monte Igueldo, la isla de Santa Clara y el monte Urgull, que cierran la icónica playa de La Concha, y ayudan a contemplar su belleza desde perspectivas distintas.    

Paseo de la Concha

Qué ver en San Sebastián

No es fácil reflejar en pocas palabras todos los matices de San Sebastián. Además, se ha escrito tanto sobre ella  que hay que hacer un esfuerzo titánico por distanciarse y volver a ver la ciudad como si fuera la primera vez, como si se la enseñaras a un hijo pequeño o a un marciano que aterrizara desde del parque de atracciones que hay en el monte Igueldo.

El primer consejo: para captar todo el encanto de San Sebastián  hay que visitarlo tanto de día como de noche. Ambas visiones son complementarias e imprescindibles. Otra recomendación: pasear y pasear por la ciudad hasta caer agotados, y si el día se presenta lluvioso, con ese sirimiri que también forma parte de la imagen de San Sebastián, no se amarguen ni se arredren, relájense y experimenten el placer de caminar por una ciudad – como dice Raúl Guerra Garrido –  paseable de este a oeste, dede la Paloma de la Paz de Néstor Basterrechea al Peine de los vientos de Chillida, pasando por la Construcción Vacía de Oteiza, sin necesidad de salvar más desnivel que los breves escalones del puerto.

Paloma de la Paz de Néstor Basterretxea – Fotogragía: Carlos Pérez
Monte Igueldo

Quizá un buen lugar para empezar la visita sea el monte Igueldo, al que se sube por un viejo funicular con vagones de añeja madera despintada, asegurados sucesivamente por el encargado del ingenio. Allí arriba, San Sebastián tiene un parque de atracciones anclado en el tiempo. Fue inaugurado por la reina regente María Cristina de Habsburgo Lorena, viuda de Alfonso XII, a comienzos del siglo XX y uno diría que no ha cambiado mucho desde entonces. Hay quien piensa que es un atraso; yo lo encuentro fascinante, un verdadero túnel del tiempo, con sus casetas de tiro al blanco, su Montaña Suiza, su  Río Misterioso, el Gran Laberinto, cuya inauguración Fernando Savater recuerda como uno de los acontecimientos de su infancia…

Parque de atracciones del monte Igueldo

Y claro, desde el monte Igueldo se tiene una de las panorámicas más memorables de la ciudad: el mar, la isla de santa Clara, la bahía, el emblemático paseo de la Concha, el monte Urgull con el Sagrado Corazón de Jesús en lo alto.

Peine de los Vientos

A los pies del monte Igueldo se encuentra la playa de Ondarreta, con sus casetas a rayas blancas y azules, los colores de la ciudad, y en el extremo occidental de esta playa, se alza uno de los iconos modernos de San Sebastián, el Peine de los Vientos, de Eduardo Chillida y Luis Peña Ganchegui.  Se trata de un monumento formado por varias terrazas de granito y tres piezas de acero que se adelantan hacia el horizonte, desafiándonos a ver el viento mientras la espuma de las olas nos azota la cara

Peine de los Vientos
Palacio de Miramar

Lo ordenó construir María Cristina y se alza sobre el promontorio del Pico del Loro, que separa las playas de Ondarreta y La Concha. San Sebastián fue la pasión más perdurable de la reina regente y este palacete de estilo inglés diseñado por el prestigioso arquitecto Selden  Wornum es, sin duda, el mayor recuerdo de ese amor. Vale la pena pasear por sus jardines: la vista es de las que nos se olvida.

Palacio de Miramar
La playa y el paseo de La Concha

Resulta imposible hablar de San Sebastián y no pensar inmediatamente en La Concha, con la isla de Santa Clara al fondo y la famosa barandilla de blanca guirnalda al fondo.    Era la playa preferida de la reina María Cristina y detrás de ella llegó la vieja aristocracia.  César González Ruano dijo, en una ocasión, que era uno de los mejores lugares del mundo para pasear. Y se trata, sin duda, de la mayor aportación guipuzcoana al paisaje universal del turismo.  Nadie la ha descrito mejor que Fernando Savater en su impagable guía de la ciudad, publicada por la editorial Confluencias:

“El mayor acierto de La Concha es su tamaño:está hecha pase ser paseada, nadada, contemplada, disfrutada de todas las maneras posibles. Es chic y civilizada, pero el abrazo de sus montes y la nave central de la isla de Santa Clara ponen la nota campestre y el fondo del puerto y la Parte Vieja aportan raigambre popular. Resulta elegante, con su divinamente encajado Club Náutico en un extremo fingiendo ser el yate más perezoso de los mares y su palacio de Miramar, tan inglés, en el otro, pero no cursi. Tiene un poco de todo y además personalidad propia, reposada, algo presumida en los arrebolados atardeceres, fantástica y tersa en plata líquida de las madrugadas. Quien no la ha visto a todas horas y en todas las épocas del año, no puede decir realmente que la ha visto”.

Playa de la Concha – Fotografía: San Sebastian Tourism
Hoteles y cine

Los hoteles antiguos y distinguidos también se encuentran entre los monumentos más característicos  de San Sebastián. No hay que olvidar que esta ciudad vivió sus días de esplendor en la belle époque y que por aquí han pasado desde reyes y reinas a célebres  espías como Mata Hari y estrellas del viejo Hollywood como Bette Davis, Lauren Bacall o Robert Mitchum. Y tampoco puede ignorarse que su Festival Internacional de Cine conserva aún parte de aquel glamour.

 Recuerdo una divertida anécdota que contaba Maruja Torres con motivo de la presencia de Robert Mitchum para recoger el premio a toda su carrera. Estamos en el año 1993 y dos señoras  de la buena sociedad donostiarra hablan sobre el homenajeado. “Es el más grande de los que ha venido”, dice una. “Mujer, tampoco exageres, que aquí hemos tenido a Gregory Peck”, replica la otra. “Sí”, contesta la primera con voz soñadora. “ Con ese yo me habría casado”. Y seguidamente, añade: “Pero con Mitchum, casa y todo con el otro, me habría fugado a la selva”.

Terraza Hotel María Cristina – Fotografía: elEconomista

Cinéfilo como soy, uno puedo dejar de aconsejar la terraza del Hotel María Cristina, mítico edificio de principios de siglo donde se alojan las estrellas que acuden al Festival Internacional de Cine. Aunque, claro, si he de elegir un hotel en la ciudad, me quedo con el Londres, vecino del ya desaparecido del lujoso  Continental Palace, donde se hospedaban Gary Cooper y Marlene Dietrich en Deseo, la deliciosa comedia de Frank Borzage. 

Hotel Londres
De pintxos por el casco viejo de  San Sebastián

La playa y el paseo de La Concha se completan y complementan con los jardines de Alderdi-Eder, que conducen, por un lado, al muelle, con sus pequeñas embarcaciones y ese recuerdo de la belle époque que es el Club Náutico, y, por otro, al centro histórico, la parte vieja, un rectángulo perfecto delimitado por el puerto, el monte Urgull, la desembocadura del río Urumea y la avenida del Boulevard.

Calles estrechas y rectas, casas antiguas, balcones con geranios, pequeños comercios… eso es la diminuta parte vieja de San Sebastián. Y bares y restaurantes, claro, porque el viejo centro histórico de San Sebastián  atesora un mundo gastronómico de primerísimo nivel. Escribe, con razón, Fernando Savater:

“En la parte vieja, como corsaria de la vieja nueva cocina, se suceden inacabables variantes de pintxos, pintxos, no banderillas, pero las “Gildas” permanecen omnipresentes: guindillas verdes suavemente picantes, a poder ser de la isla de Santa Clara, ensartadas con anchoa y aceituna: homenaje a Rita Hayworth y a un Festival de Cine que ya se ha hecho fiesta patronal”.

Barra de pintxos de la parte vieja
Museo San Telmo

Además de pintxos, en la parte vieja encontramos la iglesia gótica de San Vicente, que parece excavada en el monte Urgull; la basílica de Santa María, con portada churrigueresca del siglo XVIII; y el Museo de San Telmo, un hermoso convento de dominicos fundado en la primera mitad del siglo XVI por el secretario de Carlos V, don Alonso de Idiáquez.

El Museo de San Telmo es un lugar que no puedes perderte. Su delicioso claustro renacentista hospeda estelas funerarias de gran antigüedad, de las que tanto han influido en la escultura de Oteiza. Y la iglesia está decorada con frescos de José María Sert, ochocientos metros cuadrados de pescadores, armadores navegantes, ferrones y comerciantes, un canto titánico al pueblo vasco, a sus historias y leyendas.

Claustro del Museo de San Telmo
Boulevard

Y llegamos al Boulevard, que marca el final del casco viejo y el inicio del ensanche, de calles majestuosas y bellos edificios decimonónicos. Dice García de Cortázar que nunca se ha sentido tan cerca de París, lejos de París, como en esta parte de San Sebastián. Y sin duda, representa uno de los toques afrancesados de la ciudad. Su joya más encantadora, el proporcionado y gracioso quiosco modernista.

Y ya que hablamos de recuerdos parisienses, hay que mencionar el Teatro Victoria Eugenia, edificio elegantísimo y tan francés que parece directamente trasplantado de las orillas del sena a la del Urumea. Junto al Hotel María Cristina ( ambos son de la misma época), constituye lo más distinguido arquitectónicamente de la ciudad.

Boulevard y quiosco modernista – Fotografía: Jon Hernández
Puente María Cristina

¿Y qué decir de los puentes que atraviesan el Urumea? Savater les dedica todo un capítulo en su guía de la ciudad. Y en verdad, son otro de los rasgos distintivos de San Sebastián. Escribe Savater: 

“De los tres puentes que cruzan nuestro río Urumea, el más antiguo es el de Santa Catalina, que prolonga la Avenida de la Libertad camino de Gros. Pero los dos más hermosos, para mi gusto, son los que lo flanquean río abajo y río arriba”.

Estoy de acuerdo. El puente de La Zurriola y el de María Cristina son dos puentes encantadores. El primero, con el Kursaal al fondo. El segundo, con una visión memorable a los hermosos edificios y el arbolado melancólico de los paseos de los Fueros y de Francia. Otro pedacito de París.   

Puente de María Cristina y el paseo de los Fueros de fondo
El Kursaal

El Kursaal puede discutirse por su emplazamiento (tapa, como un muro ciego, el mar y la playa de La Zurriola), pero nunca por su arquitectura. La fachada de cristal rugoso de esta inteligente  obra de Rafael Moneo imita al mar y refleja la atmósfera cambiante del golfo de Vizcaya. Más aún. Escribe Manuel de Lope:

“Hay muchas maneras de dominar el entorno. El Kursaal es tan ajeno al suyo como un bloque de hielo caído del espacio que, sin embargo, entra en resonancia con los elementos primarios del paisaje.  Su contacto con el mar y el cielo deja de ser un reflejo para convertirse en una apropiación”.

El Kursaal es, además, uno de los escenarios del Festival de Jazz, el otro plato fuerte de los acontecimientos culturales que acoge San Sebastián.

El Kursaal y la playa de La Zurriola
Paseo nuevo

Otro paseo inexcusable. Muy paisajístico, poseído por el horizonte azul del mar y la verticalidad rocosa contra la que impactan las olas, rodea el monte Urgull y concluye en la Construcción Vacía de Oteiza, donde también se disfruta de una precio vista de San Sebastián y su bahía. 

Paseo Nuevo
Monte Urgull

Y para terminar, nada mejor que subir al monte Urgull, un cuidado parque que ayuda a entender la historia de la ciudad a partir de los restos supervivientes de la fortaleza militar o del melancólico cementerio de los ingleses muertos en 1813, durante el asedio de las tropas napoleónicas, quizá el rincón más romántico de San Sebastián  Y claro, desde allí, otra maravillosa panorámica de la ciudad.

Cementerio de los ingleses en su inaguración de 1924

Esta es mi propuesta, pero si hay una ciudad en el País Vasco que permite ser degustada a la carta, esa es San Sebastián. 

CHILLIDA LEKU

Una visita muy recomendable de la que, sorprendentemente,  prescinde muchas gente es Chillida Leku, a menos de siete kilómetros de San Sebastián. Su página oficial dice que es “un museo único, confeccionado en sí mismo como una gran obra de arte”. Estoy de acuerdo, pero sólo en parte, porque es mucho más que un museo, es el sueño de toda una vida, un espacio mágico, un lugar donde la naturaleza y el arte se combinan creando una suerte de hechizo que arrebata al visitante.

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Jardín Chillida Leku

PASAJES DE SAN JUAN (PASAI DONIBANE)

También a muy poquitos kilómetros de San Sebastián encontramos otra visita imprescindible: Pasajes de San Pedro y Pasajes de San Juan, uno enfrente del otro. Por carretera son cinco minutos, pero merece la pena ir a pie por el monte Ulía: nueve kilómetros con impresionantes acantilados y vistas de las que no se olvidan fácilmente.

Dice Manuel de Lope que sólo caben palabras de elogio al bien conservado sabor marinero de Pasajes de San Juan. Es verdad. Victor Hugo se enamoró de este diminuto pueblo guipuzcoano a primera vista y no se cansó de recorrer su única calle de fachadas coloristas durante las mañanas de la semana que pasó en él el año 1843. Escribió simplemente: “un pequeño edén resplandeciente que sería admirado si estuviera en Suiza y célebre si estuviera en Italia”.

Creo que no hace falta decir más, porque el tiempo no ha modificado el lugar. La calle que junta la montaña con el mar y su hilera de casas sigue ahí. Y también sigue ahí la deliciosa bahía.   

Pasaia Donibane

FUENTARRABIA (HONDARRIBIA)

A la salida de Pasajes se continúa por la GI-3440. A 17 kilómetros encontramos, Hondarribia, vieja villa fortificada que acumula más historia que casas y habitantes. Sus murallas recuerdan un sinfín de asedios y también las sombras fugaces de las princesas y reinas, españolas o forasteras, que por aquí pasaron, yendo o viniendo de Francia y del resto de Europa.

Sí, la historia nos sale al paso en cada esquina de Hondarribia. Una placa a las afueras aún recuerda, por ejemplo, el sitio de 1638, del que la villa salió victoriosa, dejando tan satisfecho al conde-duque de Olivares que encargó a Velázquez el extraordinario retrato ecuestre que puede verse en el Museo del Prado. Veintiún años después,  su carácter fronterizo convirtió esta villa en uno de los escenarios privilegiados de la paz de los Pirineos (1659), con la que Felipe IV reconocía el ocaso del imperio español en el Viejo Continente y despedía a su hija María Teresa, que salía hacia París para contraer matrimonio con Luis XIV.  

Muralla de Hondarribia – Fotografía: Bidasoa Turismo

Escribe Fernando García de Cortázar en su Viaje al corazón de España:

 “Hay ciudades que se muestran de una vez. Uno las mira, aunque sea desde lejos, y sabe enseguida que son bellas y que se sienten orgullosas de su belleza. No hace falta nombrarlas, pues están en boca de todos. Fuenterrabía, mirando a la francesa Hendaya cara a cara, es una de ellas, una perfecta combinación de bonita bahía, desembocadura de río (el Bidasoa) y museo al aire libre”.

Es verdad. Y además, está viva, acomodada perfectamente al clima, a su historia, a su playa (vacía y extensa en invierno, abarrotada en verano) y al bullicio de sus bares.

Bahía de Hondarribia

Hondarribia consta de dos partes bien diferenciadas. El viejo reciento amurallado o parte alta, el centro histórico donde se agrupan los vetustos caserones señoriales. Y el barrio de La Marina, la parte baja y nueva de la ciudad, un encantador escaparate de arquitectura tradicional lleno de comercios, restaurantes y bares genuinos.

La mejor recomendación para disfrutar de esta bellísima villa  es pasearla, perderse una y otra vez. Por el camino daréis siempre con esos lugares imprescindibles que debéis ver antes de volver a la carretera.

Murallas

Son la prueba evidente del carácter fronterizo de Hondarribia Realizadas en mampostería con piedra caliza del monte Jaizkibel, circundan la parte vieja. Para acceder a esta hay que cruzar el Pórtico de Santa María, sobrio preámbulo del museo al aire libre que nos aguarda. 

Puerta de Santa María – Fotografía: Bidasoa Turismo
Plaza de Armas y Plaza Guipózcoa

Son los puntos más concurridos del centro histórico, adoquinado, laberíntico, muy evocador. Siguiendo la calle Mayor no tardamos en llegar a la plaza de Armas, donde se alza el castillo de Carlos V, hoy Parador Nacional. No lejos, damos con la plaza Guipúzcoa, porticada, empedrada, rodeada de cafés y galerías de arte.    

Plaza Gipuzkoa
La Marina

Es las parte baja de la ciudad, el centro de la vida social. Restaurantes, comercios, terrazas… Y una sucesión encantadora de fachadas blancas con balcones verdes y azules, ejemplo perfecto y cuidadísimo de arquitectura popular.

¡Ah!, y si disfrutas con la mejor gastronomía, aquí tienes una parada obligada, y es que , en cuestión de pintxos, La Marina de Hondarribia no tiene nada que envidiar a la parte vieja de San Sebastián. 

Casas típicas del barrio de la Marina
El Paseo de Butrón y Faro de Higuer

Es el camino que va a la playa. Otro lujo suculento, en este caso para la mirada. Y puestos a hablar de vistas, ninguna mejor que las panorámicas que se disfrutan por el sendero que sale de la misma playa y lleva al Faro de Higuer,  desde el que se deja ver el mar, la desembocadura del Bidasoa y la bahía. 

Todo lo demás es producto de los paseos por la ciudad – la parte vieja y la nueva -, sus iglesias,  mansiones señoriales, casas tradicionales, tabernas y restaurantes. Nada más y nada menos.  

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Playa de Hondarribia

QUÉ COMER EN GIPÚZCOA

La gastronomía es una clara seña de identidad del País Vasco. No en vano, es uno de los paraísos gastronómicos de España. La oferta es infinita y la calidad de sus restaurantes tanta, que mencionarlos todos se antoja imposible. Ruta por la costa, la vianda por excelencia de nuestra propuesta es el pescado. Platos que unas veces matizan el sabor de la materia prima  y, otras, juegan con ácidos y picante (vinagre y guindilla). La merluza como reina absoluta: a la plancha, en salsa verde, rebozada, con cocochas y almejas. Claro, que la merluza sólo es el principio de una lista de excelentes pescados: besugo, bonito, anchoa, angula, bacalao… Tampoco podemos olvidar los mariscos, con especial predilección por los centollos y percebes. Y por supuesto, las carnes rojas, con el chuletón de buey a la cabeza. 

Kokotxas en salsa verde

DONDE PERNOCTAR EN LA COSTA DEL PAIS VASCO GIPUZKOA CON AUTOCARAVANA

Nuestro consejo, utilizar Zumaia, Zarautz y San Sebastián como bases para completar la ruta propuesta.

En Zumaia  hay dos opciones para pernoctar: una cerca de la desembocadura del río Urola, junto a la vía verde, y otra en el puerto, más atractiva pero también más ruidosa.

En Zarautz es bastante difícil aparcar, en verano sobre todo. Para pernoctar, nuestra opción es el Gran Camping de Zarautz.

San Sebastián tiene dos áreas donde podréis pernoctar. Una en Illumbe. Y la otra, nuestra rpeferida, en Berio. Tarifa: 4€-7€/día según temporada. El servicio de cambio de aguas es gratis. Está prohibido sacar toldo, mesas, sillas, etc… Estancia máxima, 72 horas. A unos 100 m. Bus. Las líneas 5 y 25 y 32 te dejan en el casco viejo. Hay un carril bici hasta el centro.